SUEÑO PATRIÓTICO (Columnista invitado)

gp1.jpgAnoche, encontrándome solo en mi casa, sentado frente al fuego, medio hipnotizado por el compás de las flamas, pensaba en mi paso por el Ejército y el motivo que me llevó a pedir mi retiro de las filas, medio dormido y ya cansado, podía sentir el ladrido de los perros que alertaban que  alguna persona, a lo lejos, se acercaba. En pocos minutos, pude sentir cómo alguien caminaba a la puerta y con determinación y clara seguridad golpeaba 6 veces. Extrañado, pues no esperaba a nadie, me levanté y sin dudarlo mucho abrí sin saber con claridad a quien encontraría al otro lado.

Gran impresión me llevé cuando vi frente a mí un hombre vestido con uniforme de la Guerra del Pacífico, que, aunque iluminado levemente por el reflejo del fuego del living, lograba distinguir entre sus harapos desgastados, pero dignos, unos botones con estrella en su interior y un número 6 en el frontis de su gorra, muy parecido a Ignacio Carrera Pinto.

Lo primero que pensé, fue que mis amigos tendrían todo esto muy bien preparado para darme esta sorpresa, sabiendo lo mucho que vibro y admiro a los héroes de aquella época, pero al distinguir las botas, el grosor y textura de su tenida, sentí una emoción, frío y algo de temor, recorriendo todo mi cuerpo.

Sin dudarlo y antes de permitirle al miedo apoderarse de mí, dije con tono fuerte y seguro:

- Adelante mi Capitán Carrera -  A lo que el hombre entró y poniéndose junto al fuego, dio la vuelta quedando de frente a mí.

- ¿Qué le pasa Teniente?- preguntó, sacudiéndose un poco el polvo de las mangas y acomodándose el correaje.

- ¿Por qué pregunta mi Capitán?-

- ¿Acaso duda usted de su decisión? Yo recuerdo que muchos años atrás usted juró a su bandera y recordó con emoción el acto de arrojo, valor y honor que yo, con mis hombres, demostramos en la sierra peruana. Yo lo vi entrar a su vigilia de armas, recuerde que mi corazón descansa en una cripta en la entrada de aquella catedral-.

Emocionado y con mucho cuidado, pues no quería que esto se acabara, me acerqué a él y quedando a 3 pasos le respondí:

- No dudo de mis ideales ni de mis decisiones, mi capitán, pero resulta especialmente difícil mantenerse fiel a éstas cuando la Institución que debe ser la reserva moral de nuestra patria, está confundida y pretende, con tentadoras ofertas, mantener a su gente que pasan a ser de apasionados y fieros soldados, a ridículos mercenarios que buscan una “estabilidad”. Por eso, necesito saber si estoy bien o mal, porque me resulta difícil creer que sólo yo fui capaz de abandonar lo que más quiero, por no estar dispuesto a vender los ideales por los que usted peleó –

El joven capitán, esbozando una leve sonrisa, mezcla de orgullo, sorpresa y alegría, asintió con su cabeza, diciendo:

- Tranquilo teniente, los soldados como yo sabemos muy bien quienes son los que han abandonado a su gente, los que han preferido firmar y regalar en un cóctel, lo que con tanto sacrificio y sangre ganamos para las futuras generaciones, los que hoy llenan sus bolsillos de dinero con el apoyo de mediocres “proveedores”. Los soldados como nosotros, tenemos un lugar más especial que el mismo cielo al minuto de morir, un lugar donde nunca llegará el general que vendió sus principios por unos laureles que no cuestan más que mis botas –

Emocionado, pero no muy seguro de entenderlo, quise preguntarle más para no tener ninguna duda y tratando de verle mejor los ojos que se escondían entre la sombra, la gorra, las llagas y el polvo le pregunté:

 - ¿A quienes se refiere con los soldados como “nosotros”? y ¿Cuál es ese lugar tan especial?-

Entonces, un silencio se apoderó de todo el salón, las flamas del fuego parecieron congelarse, el tubo de la combustión no sonaba más y algo en el ambiente me advertía que estaba a punto de escuchar algo muy especial. El viejo soldado dio un paso al frente, quedando más expuesto a la luz del fuego, dejando a la vista un uniforme que evidenciaba una gruesa capa de polvo en sus botas, las mismas que carcomidas por el suelo y el rigor de la guerra, tenían diferentes parches y reparaciones, que si bien desgastaban y rompían sus pies por dentro, le demostraban al mundo que aún se encontraba en condiciones de marchar, asimismo, un pantalón rojo trataba de disimular la sangre de camaradas y desconocidos, que por compartir ideales, conoció en campos de batalla, un chaquetón azul se erguía recto y digno, lleno de agujeros, sangre y polvo, impidiendo ver el daño y heridas en su cuerpo, unos botones, palas, cuellos e insignias decoraban todo, recordándole el motivo de vestir ese uniforme y el orgullo de ser chileno. Su gorra, correaje, sable y revólver, recordaban el compromiso del oficial y el honor de liderar y ser seguido por su gente, aunque esto signifique la muerte.of_gp.jpg

El viejo soldado me sorprendió mirando su cara y manos, impresionado yo por las heridas, llagas, manchas y polvo. Me dijo:

 – Teniente, que mis heridas no le impresionen, dejé a mi familia por la guerra, atravesé el desierto, monté guardia en la cordillera, encontré y perdí buenos amigos entre uno y otro combate. Fui olvidado en la sierra peruana sin saber que la guerra terminó, mientras mi familia me esperaba. Nos rodearon, quemaron el lugar donde nos parapetábamos y luchando, perdimos la vida junto a 2 mujeres chilenas y nuestro querido perro el Cuico, pero mi mayor herida es ver como la gran mayoría olvidó el sacrificio, se perdió el apego al honor y los valores, se perdieron las tradiciones y nadie recoge hoy al soldado caído.

-Respondiendo a su pregunta Teniente, le puedo asegurar que los soldados como nosotros, somos todos aquellos a los cuales me tocó servir, compartir y dirigir en la guerra, son todas las familias y personas que en el anonimato, trabajaban por apoyar a sus hijos y amigos, que valientemente, se encontraban librando combates en el norte del país, son todos los políticos que supieron enfrentar el desafío de un conflicto, con tal de no desconocer la hombría y orgullo del roto chileno, son todos los soldados de hoy y ayer, que como tú, se mantienen aferrados a las mismas creencias que motivaron la victoria, son todos los civiles que en el anonimato escriben, investigan, reconocen, debaten y crean películas para mantener vivo el sentimiento, que pueda devolverle al pueblo la moral que perdió, son todos los que vendrán, que tendrán la misión de asumir su rol de “distinto” frente al resto y seguir luchando por que esta minoría de honor, tradición y moral sea cada vez más grande.

Acomodándose la gorra y pasando junto a mí, mientras caminaba a la puerta, se detuvo antes de abrirla y dando media vuelta me dijo:

– Tranquilo Teniente, hoy galopo junto a mis camaradas en la tierra de los que en muerte logramos la inmortalidad y mis filas se agrandan cada día con civiles y militares, que como tú, se aferran a sus creencias, tierra vedada para cobardes, donde hoy entran pocos militares.

Abrió la puerta y quedándose unos segundos bajo el umbral, dijo:

 –Suerte Teniente, espero tener el agrado de galopar con usted en un tiempo más – y cerrando la puerta, se alejó.

Me senté donde todo esto comenzó, aún confundido y sin dimensionar bien lo sucedido, pero tratando de entender la magnitud de la recompensa de quienes se aferran a sus valores y el tremendo castigo a aquellos cobardes que mienten, abandonan y niegan los suyos.

Entendí que el mayor premio es el ser capaz de mirar a las futuras generaciones a la cara y poder darles un consejo, un apoyo o simplemente escucharlas, sin tener vergüenza de nada y sabiendo que me estarán observando con admiración. Mientras que todo aquel que vendió sus valores, negó a su gente, confundió el honor con orgullo y prefirió simplemente un grado o un puesto, a cambio de sus creencias, no podrá pararse frente a una persona correcta sin esconder la cara, mirar el piso o sentir que la otra persona siente lástima por él y lo está analizando.

Sentado en el sillón frente al fuego, sentí que el sueño me vencía por un par de segundos y confundiéndome en tiempo, pude ver que la leña estaba consumida como si hubiese dormido 30 minutos. Atribuí entonces la conversación con el antiguo soldado a un sueño, pero aun así,  entendí su mensaje, y ahora puedo decir que no espero que mi general ni su gente se ponga los pantalones, pues ya han mentido, abandonado, olvidado y traicionado sus creencias y no son capaces de mirarnos a la cara. Sólo espero que alguna semilla no contaminada, pueda llegar más alto que ustedes algún día, algo así como un gran político o presidente, que pueda germinar el fruto del honor, la palabra, la tradición y el orgullo de ser chileno, ya que ustedes no fueron capaces de rescatar este sentimiento.

Al día siguiente, mi señora me pidió que si venían amigos en la noche, que por favor entraran con las botas sin polvo y no entendía de donde pudo salir un polvo tan fino y seco, estando acá en el sur.

Entonces la miré, le sonreí y sentándome frente al computador puse frente a mí un billete de mil pesos donde aparece la imagen de quien fuera anoche mi visita y como dice en aquel billete, “a sus héroes” me puse a escribir…

 

Andrés Magaña Tapia

Persona

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