EL CUENTO DEL RELATO

 

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La promesa de Lagos fue crecimiento con equidad y su sexenio terminó con la acumulación de riqueza más grande de la historia republicana y el presidente de los mega empresarios (Somerville) declarando que ellos “amaban a Lagos”. Al tanto que el saliente primer mandatario, entre gallos y medianoche, aprobaba Pascua Lama.

            Bachelet se comprometió a que en su gobierno “nadie va a repetirse el plato” y tras el pinguinazo de 2006 hizo exactamente lo contrario y el gobierno de la gente pasó a ser el de Escalona, la partidocracia y el mega capital.

            Piñera, para no ser menos, postuló a los cuatro vientos la “nueva forma de gobernar” y el cambio, y hasta la fecha su administración ha sido la del acomplejado continuismo de sus cuatro antecesores concertacionistas.

            Entonces de allí surge el cuento del relato.

Y prohombres del continuismo hibrido de “centro derecha” reclaman la ausencia de dicho relato. Lo que no es otra cosa que la falta de mística, la ineptitud absoluta de convocatoria callejera de masas y el tedio de las cifras economicistas traspasada al imaginario colectivo cotidiano.

        Porque, qué relato puede tener una administración que promete el cambio por el cual una mayoría ciudadana, rompiendo una tendencia histórica, sufraga creyendo en el mismo y que después pasa a gobernar para complacer a los antecesores que dijo iba a desalojar y desenmascarar en sus felonías diversas. Y así, de tanto querer parecerse y satisfacer a la Concerta1 pasa a ser la Concerta2, hasta con sus vicios mas identificativos como el impresentable escándalo Kodama, Ministerio de la Vivienda, prosiguiendo la tradición concertacionista de: Chile Deportes, Codelco, EFE, MOP Gate, Tribasa, Indap o las cárceles abandonadas y a medio construir, por citar sólo algunas perlas de la Concerta1. Y cuando constata al asumir un pavoroso cuadro de violaciones masivas de los DDHH en muchas de las cárceles nacionales, en vez de denunciar aquello, lo oculta y sólo viene a  asumirlo en sordina, cuando la crisis revienta en diciembre de 2010, con la espantosa tragedia de la cárcel incendiada de San Miguel.

            Entonces nos encontramos ya a más de un año de avance con una administración a la que se le pide irrisoriamente relato como si de un proceso revolucionario se tratase, cuando la misma gobierna aterrada por las críticas de los columnistas y comentaristas “progres” y cotejando el termómetro de la popularidad de Bachelet, en un contexto en que el propio electorado masivo de derecha se dice que, entre un remedo apocado de la Concertación, es preferible tener a secas el original con sello de fábrica y auténtica procedencia. Y no a democristianos camuflados, que cuando les conviene son de derecha y cuando no, aparentan ser más progres que Girardi.

            Y los meses pasan y los autogoles suman y siguen (crisis en Aduanas, casas para los damnificados incumplidas, etc.)  no obstante una macro economía vital y una oposición mediocre, entrampada con la participación de la generalidad de sus cuadros en el aparato gubernamental (dos tercios de los militantes del PS son funcionarios del Estado). Oposición que en el mejor de los casos aparece con un cuarto de la adhesión ciudadana a su favor en todas las encuestas conocidas.

            Oposición nominal de la Concerta1 que desvergonzadamente toma distancia de La Moneda en sus declaraciones a la prensa y para la galería, pero que tras bastidores goza a destajo de los favores y prebendas del poder, sabiendo que un llamado suyo al gobierno recibe respuesta instantánea y servil, muy por sobre la actitud que podría tenerse con propios miembros de la Alianza por Chile y para qué decir de los demonizados pinochetistas.

            De este modo, el aparataje de la nueva forma de gobernar se concentra en eludir cualquier pugna con el neo comunismo (por eso el pago de las millonarias “indemnizaciones” a los compañeros es sagrado). Igualmente, los besuqueos detrás de la puerta con la partidocracia concertacionista son pan de cada día. También está entre las órdenes de batalla, concentrar la asignación de recursos sociales hacia el quintil más pobre, con iguales métodos a la distribución de platas concertacionistas, que es lo mismo que amplificar la burocracia y dilapidar medios y esfuerzos y, ciertamente, al igual como la Concertación originaria, posibilitar que los bancos, las compañías de seguros y el gran capital sigan engrosando fabulosamente sus faltriqueras, merced al deslome de la gran clase media y las PYMES. En un escenario en donde decenas de miles de jóvenes profesionales cesantes - que creyeron en el cambio prometido - verifican la contumaz mantención de los operadores concertacionistas en todas las entidades del Estado, como se ha comprobado por estos días con el desplome de los cuadros directivos del Serviu.

            Por eso entonces, a los mayores de 65 años que entregaron una existencia de tributos al financiamiento del Estado, se les sigue expropiando sus residencias con contribuciones que implican pagarle al fisco, por lo propio, un alto arriendo.

Y por si lo anterior no bastase, con un sistema de ISAPRES codicioso e inhumano, ineficaz para cuando dichos chilenos empiezan a necesitar de verdad de las prestaciones médicas por las que cotizaron durante una vida, privándoseles de las mismas, con cobros insostenibles para sus ahora decrecientes ingresos. Y porque, además, el 7% de descuento en cotizaciones de salud para los jubilados, también venía con letra chica, excluyendo de tal beneficio a vastos segmentos de la clase media.

            Pues, por si alguien no se enteró, con la Concerta2 las utilidades de las ISAPRES crecieron un 92% en 2010, llegando a $49.485 millones. Y las utilidades de la banca chilena en el ejercicio 2010 alcanzaron cifras cercanas a los US$ 3.400 millones, lo que representó un incremento de 26,9% respecto del 2009. Con ello, la rentabilidad del sistema se elevó a 18,6%, igualando el retorno que habían registrado en 2006, (transición entre el socialista Lagos y la socialista Bachelet) el que se constituía como el más alto de la década.

            Mientras, en todas las barriadas populares, millares de jóvenes desesperanzados siguen ociosos y esclavizados por la droga, merced a rigideces laborales socialistoides, que le impiden a esa juventud entrar a ganarse la vida dignamente con el fruto de su tesón.

            Otro tanto acontece con la asfixia del pequeño emprendimiento, por los tiburones del retail, quienes no quieren almaceneros ni comerciantes minoristas independientes o por el hostigamiento del SII y demás órganos represivos del Estado, cuando un gobierno que fuera auténticamente de derecha, lo que habría hecho conforme su ideario, hubiera sido precisamente elevar a la categoría de figuras del libre mercado, a todos aquellos que se ganan la vida con el riesgo cotidiano de su esfuerzo individual, sin patrones ni prebendas estatistas en su respaldo, tales como taxistas, peluqueras, profesionales y técnicos independientes, pequeños agricultores, pirquineros, intelectuales, pescadores artesanales, transportistas, comerciantes individuales; etc.

¡Y más encima estos políticos profesionales quieren discurso!

Esta clase política despreciada transversalmente, esta clase política que hoy viaja al ritmo frenético del jet set por el mundo con el sudor de los chilenos productivos, sabe ahora por las claras que está entrampada en su promesa histórica del voto voluntario, porque si se aprueba lo que postularon los concertacionistas como mantra durante años: de la inscripción obligatoria y el voto voluntario, saben que la abstención electoral ascenderá a cifras en que los “representantes del pueblo” resultarán electos por una minoría inferior a la significativa mayoría que se restará de un proceso que estima inútil y falso, con lo cual la exigua legitimidad actual de las “autoridades democráticas”, se hará cero a la izquierda.

De este modo quedará al descubierto la farsa de quienes hablan como representantes de grandes colectivos ciudadanos, cuando sus asambleas las hacen en teatritos de 400 butacas y con acarreo de sus cercanos burócratas.

Discurso podrá tener un gobierno que cumple lo que promete. Que promete cambio y por lo más mínimo, cuando la gente encienda las pantallas de TVN, pueda allí comprobar algo de renovación de rostros y contenidos. Discurso tendrá un régimen que abraza un ideario nacional y popular y convoca a las grandes mayorías, a la abnegada clase media, a ser parte de su estructura de mando y destino. Discurso tendrá un gobierno que los ciudadanos lo perciben confrontacional, en los hechos no en la palabrería hueca de las cuñas de prensa, defendiéndole de la usura financiera y de los abusos de la codicia desembozada. Discurso tendrá un gobierno que desploma y denuncia la estafa social del Transantiago y no uno que lo parcha y encubre a sus mentores. En definitiva, discurso tendrá un gobierno que se adentra en el corazón, las ilusiones y las penas del Chile real y no uno de señoritos que conocieron las vivencias de calle, de bares o de pasiones, por los párrafos de su novelista progre de moda.

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