Las grandes civilizaciones de la
Antigüedad, a través de sus religiones, rendían un culto sagrado a la muerte,
convencidos de que era un trance ineludible a un Más Allá desconocido, pero más
perfecto, por lo cual, había que respetarla por sobre todo, y rendirle los
mejores tributos y honores. De hecho, inmortales obras arquitectónicas fueron
construidas para representarla. Baste señalar las pirámides de Egipto y más
posteriormente, el fastuoso Taj Mahal, el más bello monumento funerario de amor
jamás erigido, considerado una de las 7 maravillas del mundo.
Trasladándonos a tiempos recientes y a nuestra propia tierra, el Cementerio
General es una verdadera galería de arte, donde grandes escultores y artistas
han plasmado su genio en bellas creaciones alusivas a la muerte o inspiradas en
ella.
Lamentablemente, para el humano actual, por lo menos de nuestro país, ella parece
haber perdido su solemnidad, su sentido profundo relacionado con la eternidad,
quizás porque algunos de ellos se familiarizan cotidianamente con su presencia,
como los intervinientes en mi relato.
No ha mucho, me tocó despedir para siempre a un amigo muy querido. Permanecí en
la iglesia hasta el momento en que llegaron los empleados de la funeraria
encargados de desmontar todo el aparataje respectivo. fue una operación digna
de contar, porque me pareció estar viendo una de esas películas del cine mudo proyectada
en cámara rápida. Mientras unos desarmaban velozmente las instalaciones
eléctricas arrastrándolas a través de la nave central hasta un camión, otro
sellaba aceleradamente el cajón mientras los restantes transportaban a toda
carrera las ofrendas florales al exterior, donde estaba un vehículo
estacionado, habilitado para recibir las coronas cuando eran muchas. En él
había pilares especiales para ensartarlas. Entonces comenzó un macabro juego de
anillos, pues eran lanzadas de lejos simplemente al "apunte". Al ver
el aporreo de las coronas y divisar la mía, última ofrenda de cariño al amigo,
con los crisantemos casi desprendidos, me acerqué a uno de los
"embocantes" reconviniéndole la forma despiadada de tratarlas. Me
respondió en una jerga muy original, digna de contarla:
-Es que Ud. no sabe de todos "los sin respiración" que nos están
esperando. Se nos descompusieron dos autos "tira callados" y creemos
que nos va a pillar la noche cuando ya hayan cerrado los nuevos
"departamentos" de los "inmóviles". Ahora tenemos que irnos
volando. Perdón... Y partió.
Quedé perpleja, pero reaccioné y contagiada por la rapidez, corrí a ubicarme al
auto para seguir el cortejo. El final no fue menos azaroso. El chofer del
auto-carroza buscó calles de tránsito más expedito usando velocidades
peligrosamente altas. Nosotros íbamos tras un coche verde cuando nos detuvo un
semáforo. Al retomar el cortejo nos situamos detrás de uno azul. Al
manifestarle mi duda al conductor, éste me contestó que sólo habíamos quedado
un poco más atrás pero era el mismo cortejo. Lo seguí con la duda, la que se
aclaró al estacionar en el Cementerio General. Era otro cadáver. Debido al
tiempo perdido con la detención ante el semáforo y la congestión del tránsito,
llegamos demasiado retrasados al camposanto, teniendo que partir mi amigo a su
última morada sin que yo lograra ubicarlo ya que yo desconocía la ubicación del
mausoleo de su familia. Desalentada, hube de enviarle mi adiós postrero con el
pensamiento y mis lágrimas desde las puertas del cementerio.
En la vuelta a casa, recordé el funeral de una amiga de mi niñez. ¡Qué
diferencia con la ceremonia actual! Adriana me doblaba en edad y falleció antes
de cumplir los 17, por lo que su último tránsito por las calles del Santiago
Antiguo fue en una hermosa carroza blanca, ya que hasta los 18 años sólo se
usaba ese color, después el negro. La "carroza estaba ornamentada con
finas cortinas que cubrían los vidrios que transparentaban el ataúd, también
blanco, y estaba íntegramente tallada con artísticos arabescos en sus bordes
culminando en una gran cruz en la cima. Era tirada por cuatro caballos blancos
a pasos lentos, ya que así eran enseñados, con las cabezas erguidas y en ellas
un penacho de plumas ondeando al viento, como investidos de la solemnidad de lo
que estaban haciendo. Iban cubiertos con una malla que ocultaba las riendas. Un
cochero de frac manejaba la carroza con un látigo en sus manos enguantadas, y
otro, con igual atuendo, iba de pie en una plataforma trasera, escoltando el
cadáver. Al paso de la carroza, las damas, respetuosas, se santiguaban, y los
caballeros se quitaban el sombrero, y hasta los perros, de collares, se
detenían al lado de sus amos. En las calles de paso obligado del cortejo había
recogimiento.
Hoy todos los caminos se usan para llegar a los cementerios y los cortejos son
encabezados presurosamente por un auto mortuorio cuyo conductor, a veces
gesticulante por las condiciones viales, debe ir sorteando baches, pavimentos
rotos y desniveles en las calles, semáforos inoportunos, micros salvajes y
perros vagos atravesando intempestivamente la calzada, sintiendo atrás al
muerto, bamboleante, como en una coctelera, que bien podría precipitársele
encima. Todo este accidentado trayecto es un verdadero rally fúnebre, cuyo único
objetivo es llegar lo más pronto posible a la meta. En este recorrido, es
difícil que algún curioso pueda ni siquiera santiguarse, porque no alcanza a
percatarse de que es un entierro por la velocidad que lleva, no se le ven
coronas, ya que se está usando cada vez más la de caridad, más económica, y
expedita, la hilera de coches que lo conforman se mimetiza con la congestión
vehicular del momento y, principalmente, porque colgado de su celular ya no
sabe ni donde pisa.
Lejanos están esos días de la majestuosa carroza con sus elegantes y
adiestrados caballos al trote fino, de los cocheros de rigurosa etiqueta y de
los respetuosos transeúntes. Son ya una tradición del pasado, como para ser
conservadas en un cuadro costumbrista de Rugendas o una estampa del Santiago
Antiguo de Enrique Lihn.
Poco a poco, la muerte ha ido perdiendo su importancia, su trascendencia, su
esencia sacra, para transformarse en un hecho común, baladí. Por lo tanto,
también matar no deja de ser algo casi normal, sólo la ejecución del verbo.
Pero el peligro más grande que encierra la intrascendencia de la muerte es que,
a la par, la vida pierde igualmente su trascendencia.
En una sociedad globalizada, adoratriz servil del consumismo, como la nuestra,
la sobrepoblación humana y animal (centralismo, si gustan), puede ser un factor
muy influyente en la generación de la actitud aquí expuesta, como así también
es causa de muchos fenómenos sociales resumidos en este axioma: A mayor
población, mayores necesidades; a mayores necesidades, mayores problemas; a
mayores problemas, mayores delitos; a mayores delitos, mayores delincuentes.
Por eso, los integrantes humanos de nuestra sociedad estamos corriendo el
evidente riesgo de ser exterminados por los delincuentes, como de hecho está
ocurriendo casi a diario, sin que el Estado tenga la capacidad suficiente para
impedirlo. Pero aún es más grave esta situación, ya que el Estado no sólo es
inoperante para defender a sus ciudadanos de la delincuencia sino que uno de
sus propios servidores practica el exterminio masivo en animales indefensos, so
pretexto de que era un bien social, sin recordar que en toda Sociedad que se
precie de justa, es parte fundamental de su cultura humanista la protección al
animal, en especial, al que convive directamente con sus integrantes.
Se puede llegar a varias conclusiones en este luctuoso caso del tristemente
célebre funcionario público que actuó dé motu proprio, salvo que hubiera
tratado de encubrir una orden superior: El temía que los perros vagos de marras
pudieran atacar y morder a las visitas ilustres extranjeras, temor que no se
puede criticar porque tiene bases muy lógicas y loables. Pero el Estado no
puede aplicar políticas que involucren muerte en la solución de problemas. ¿Es
que acaso los chilenos si podemos ser mordidos porque somos de segunda clase en
relación a los extranjeros, ya que la operación de exterminio no se llevó a
cabo antes de la fecha clave de Transmisión del Mando? ¿Por qué no se buscó una
solución más humanitaria?
Lo ocurrido en este caso confirma los temores expresados en este mismo artículo
en el sentido que para quien la muerte no tiene trascendencia, la vida tampoco
la tiene. Personas con el criterio que se actuó en esta circunstancia no deben
tener la facultad de decidir. El Estado debe revisar la filosofía ética de este
tipo de decisiones porque representan un peligro potencial para la sociedad ya
que pueden abrir compuertas de insospechada gravedad en otros funcionarios,
autoridades o personas inescrupulosas o desequilibradas para tomar a título
personal y amparados en la idea del "bien social", resoluciones
infinitamente más trascendentes en contra de seres humanos, por ejemplo:
Los niños vagos que pululan por algunos sectores de Santiago, delincuentes
precoces, fáciles presas de la violencia, del alcoholismo, la drogadicción o la
prostitución, a temprana edad ya envueltos en asaltos o crímenes, que sí
constituyen un peligro social, sin considerar que ellos son exclusivamente un
producto de nuestra sociedad, que no ha sido capaz de extraerlos del delito.
Los mendigos, que proliferan en el Centro de Santiago, corte de los milagros
que muchas veces encubre a delincuentes, constituyendo un baldón para un país
emergente como el nuestro, ya en vías de desarrollo, so pretexto de que afectan
gravemente la imagen de Chile en el turismo.
Finalmente, si el Estado, que es quien tiene la obligación de hacerlo, es
incapaz de buscar una solución integral a todos estos problemas, no queda más
alternativa que recurrir a la magia: invocar la presencia del flautista de
Hamelin, para que con su instrumento mágico consiga arrastrar tras él a todos
los citados causantes de los conflictos y los conduzca a Centros de Cuidado y
Rehabilitación especialmente diseñados para estos efectos y financiados con los
ahorros fiscales, los excedentes del cobre o el fondo de estabilización del
cobre, ya que poco o nada se usa en las alzas de los combustibles.
DESPIERTA CHILE
EXPRESA LO QUE SIENTE Y SIENTE LO QUE DEBE
Cultura de la muerte
Enviado por despierta chile
el 31/05/2011 a las 22:28
Etiquetas: miradaliteraria
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