DESPIERTA CHILE

EXPRESA LO QUE SIENTE Y SIENTE LO QUE DEBE

Cultura de la muerte

Enviado por despierta chile el 31/05/2011 a las 22:28

castg.jpg

Las grandes civilizaciones de la Antigüedad, a través de sus religiones, rendían un culto sagrado a la muerte, convencidos de que era un trance ineludible a un Más Allá desconocido, pero más perfecto, por lo cual, había que respetarla por sobre todo, y rendirle los mejores tributos y honores. De hecho, inmortales obras arquitectónicas fueron construidas para representarla. Baste señalar las pirámides de Egipto y más posteriormente, el fastuoso Taj Mahal, el más bello monumento funerario de amor jamás erigido, considerado una de las 7 maravillas del mundo.

Trasladándonos a tiempos recientes y a nuestra propia tierra, el Cementerio General es una verdadera galería de arte, donde grandes escultores y artistas han plasmado su genio en bellas creaciones alusivas a la muerte o inspiradas en ella.

Lamentablemente, para el humano actual, por lo menos de nuestro país, ella parece haber perdido su solemnidad, su sentido profundo relacionado con la eternidad, quizás porque algunos de ellos se familiarizan cotidianamente con su presencia, como los intervinientes en mi relato.

No ha mucho, me tocó despedir para siempre a un amigo muy querido. Permanecí en la iglesia hasta el momento en que llegaron los empleados de la funeraria encargados de desmontar todo el aparataje respectivo. fue una operación digna de contar, porque me pareció estar viendo una de esas películas del cine mudo proyectada en cámara rápida. Mientras unos desarmaban velozmente las instalaciones eléctricas arrastrándolas a través de la nave central hasta un camión, otro sellaba aceleradamente el cajón mientras los restantes transportaban a toda carrera las ofrendas florales al exterior, donde estaba un vehículo estacionado, habilitado para recibir las coronas cuando eran muchas. En él había pilares especiales para ensartarlas. Entonces comenzó un macabro juego de anillos, pues eran lanzadas de lejos simplemente al "apunte". Al ver el aporreo de las coronas y divisar la mía, última ofrenda de cariño al amigo, con los crisantemos casi desprendidos, me acerqué a uno de los "embocantes" reconviniéndole la forma despiadada de tratarlas. Me respondió en una jerga muy original, digna de contarla:

-Es que Ud. no sabe de todos "los sin respiración" que nos están esperando. Se nos descompusieron dos autos "tira callados" y creemos que nos va a pillar la noche cuando ya hayan cerrado los nuevos "departamentos" de los "inmóviles". Ahora tenemos que irnos volando. Perdón... Y partió.

Quedé perpleja, pero reaccioné y contagiada por la rapidez, corrí a ubicarme al auto para seguir el cortejo. El final no fue menos azaroso. El chofer del auto-carroza buscó calles de tránsito más expedito usando velocidades peligrosamente altas. Nosotros íbamos tras un coche verde cuando nos detuvo un semáforo. Al retomar el cortejo nos situamos detrás de uno azul. Al manifestarle mi duda al conductor, éste me contestó que sólo habíamos quedado un poco más atrás pero era el mismo cortejo. Lo seguí con la duda, la que se aclaró al estacionar en el Cementerio General. Era otro cadáver. Debido al tiempo perdido con la detención ante el semáforo y la congestión del tránsito, llegamos demasiado retrasados al camposanto, teniendo que partir mi amigo a su última morada sin que yo lograra ubicarlo ya que yo desconocía la ubicación del mausoleo de su familia. Desalentada, hube de enviarle mi adiós postrero con el pensamiento y mis lágrimas desde las puertas del cementerio.

En la vuelta a casa, recordé el funeral de una amiga de mi niñez. ¡Qué diferencia con la ceremonia actual! Adriana me doblaba en edad y falleció antes de cumplir los 17, por lo que su último tránsito por las calles del Santiago Antiguo fue en una hermosa carroza blanca, ya que hasta los 18 años sólo se usaba ese color, después el negro. La "carroza estaba ornamentada con finas cortinas que cubrían los vidrios que transparentaban el ataúd, también blanco, y estaba íntegramente tallada con artísticos arabescos en sus bordes culminando en una gran cruz en la cima. Era tirada por cuatro caballos blancos a pasos lentos, ya que así eran enseñados, con las cabezas erguidas y en ellas un penacho de plumas ondeando al viento, como investidos de la solemnidad de lo que estaban haciendo. Iban cubiertos con una malla que ocultaba las riendas. Un cochero de frac manejaba la carroza con un látigo en sus manos enguantadas, y otro, con igual atuendo, iba de pie en una plataforma trasera, escoltando el cadáver. Al paso de la carroza, las damas, respetuosas, se santiguaban, y los caballeros se quitaban el sombrero, y hasta los perros, de collares, se detenían al lado de sus amos. En las calles de paso obligado del cortejo había recogimiento.

Hoy todos los caminos se usan para llegar a los cementerios y los cortejos son encabezados presurosamente por un auto mortuorio cuyo conductor, a veces gesticulante por las condiciones viales, debe ir sorteando baches, pavimentos rotos y desniveles en las calles, semáforos inoportunos, micros salvajes y perros vagos atravesando intempestivamente la calzada, sintiendo atrás al muerto, bamboleante, como en una coctelera, que bien podría precipitársele encima. Todo este accidentado trayecto es un verdadero rally fúnebre, cuyo único objetivo es llegar lo más pronto posible a la meta. En este recorrido, es difícil que algún curioso pueda ni siquiera santiguarse, porque no alcanza a percatarse de que es un entierro por la velocidad que lleva, no se le ven coronas, ya que se está usando cada vez más la de caridad, más económica, y expedita, la hilera de coches que lo conforman se mimetiza con la congestión vehicular del momento y, principalmente, porque colgado de su celular ya no sabe ni donde pisa.

Lejanos están esos días de la majestuosa carroza con sus elegantes y adiestrados caballos al trote fino, de los cocheros de rigurosa etiqueta y de los respetuosos transeúntes. Son ya una tradición del pasado, como para ser conservadas en un cuadro costumbrista de Rugendas o una estampa del Santiago Antiguo de Enrique Lihn.

Poco a poco, la muerte ha ido perdiendo su importancia, su trascendencia, su esencia sacra, para transformarse en un hecho común, baladí. Por lo tanto, también matar no deja de ser algo casi normal, sólo la ejecución del verbo. Pero el peligro más grande que encierra la intrascendencia de la muerte es que, a la par, la vida pierde igualmente su trascendencia.

En una sociedad globalizada, adoratriz servil del consumismo, como la nuestra, la sobrepoblación humana y animal (centralismo, si gustan), puede ser un factor muy influyente en la generación de la actitud aquí expuesta, como así también es causa de muchos fenómenos sociales resumidos en este axioma: A mayor población, mayores necesidades; a mayores necesidades, mayores problemas; a mayores problemas, mayores delitos; a mayores delitos, mayores delincuentes.

Por eso, los integrantes humanos de nuestra sociedad estamos corriendo el evidente riesgo de ser exterminados por los delincuentes, como de hecho está ocurriendo casi a diario, sin que el Estado tenga la capacidad suficiente para impedirlo. Pero aún es más grave esta situación, ya que el Estado no sólo es inoperante para defender a sus ciudadanos de la delincuencia sino que uno de sus propios servidores practica el exterminio masivo en animales indefensos, so pretexto de que era un bien social, sin recordar que en toda Sociedad que se precie de justa, es parte fundamental de su cultura humanista la protección al animal, en especial, al que convive directamente con sus integrantes.

Se puede llegar a varias conclusiones en este luctuoso caso del tristemente célebre funcionario público que actuó dé motu proprio, salvo que hubiera tratado de encubrir una orden superior: El temía que los perros vagos de marras pudieran atacar y morder a las visitas ilustres extranjeras, temor que no se puede criticar porque tiene bases muy lógicas y loables. Pero el Estado no puede aplicar políticas que involucren muerte en la solución de problemas. ¿Es que acaso los chilenos si podemos ser mordidos porque somos de segunda clase en relación a los extranjeros, ya que la operación de exterminio no se llevó a cabo antes de la fecha clave de Transmisión del Mando? ¿Por qué no se buscó una solución más humanitaria?

Lo ocurrido en este caso confirma los temores expresados en este mismo artículo en el sentido que para quien la muerte no tiene trascendencia, la vida tampoco la tiene. Personas con el criterio que se actuó en esta circunstancia no deben tener la facultad de decidir. El Estado debe revisar la filosofía ética de este tipo de decisiones porque representan un peligro potencial para la sociedad ya que pueden abrir compuertas de insospechada gravedad en otros funcionarios, autoridades o personas inescrupulosas o desequilibradas para tomar a título personal y amparados en la idea del "bien social", resoluciones infinitamente más trascendentes en contra de seres humanos, por ejemplo:

Los niños vagos que pululan por algunos sectores de Santiago, delincuentes precoces, fáciles presas de la violencia, del alcoholismo, la drogadicción o la prostitución, a temprana edad ya envueltos en asaltos o crímenes, que sí constituyen un peligro social, sin considerar que ellos son exclusivamente un producto de nuestra sociedad, que no ha sido capaz de extraerlos del delito.

Los mendigos, que proliferan en el Centro de Santiago, corte de los milagros que muchas veces encubre a delincuentes, constituyendo un baldón para un país emergente como el nuestro, ya en vías de desarrollo, so pretexto de que afectan gravemente la imagen de Chile en el turismo.

Finalmente, si el Estado, que es quien tiene la obligación de hacerlo, es incapaz de buscar una solución integral a todos estos problemas, no queda más alternativa que recurrir a la magia: invocar la presencia del flautista de Hamelin, para que con su instrumento mágico consiga arrastrar tras él a todos los citados causantes de los conflictos y los conduzca a Centros de Cuidado y Rehabilitación especialmente diseñados para estos efectos y financiados con los ahorros fiscales, los excedentes del cobre o el fondo de estabilización del cobre, ya que poco o nada se usa en las alzas de los combustibles.

Etiquetas:
Publicidad por Bligoo.com
Comentarios de este artículo en RSS